Era un día nublado
del año 2011, en Santiago la capital de Chile. No recuerdo la fecha, pero me
parece que fue en el mes de abril. Esa noche algunas organizaciones ecologistas
habían convocado a una protesta por internet, era la segunda de esa semana.
Aunque desde hace años que fuimos muchos los que nos organizamos y planteamos
cambios, nada parecería en realidad viable en relación al poco apoyo popular
que tenían las organizaciones sociales y políticas no ligadas al poder central.
Parecíamos solos en una incansable lucha sorda e inútil, pero un día todo
cambio.
Recuerdo que era un
día viernes y no sé que hice anteriormente. Algunos amigos se reunieron en la
universidad para ir a protestar, en los últimos años las protestas tenían una
convocatoria cercana a las tres mil personas en general y nunca había nada
novedoso por que no le hacíamos ni siquiera pequeños rasguños al sistema
político.
Me dirigí al punto
de encuentro “Plaza Italia”, lugar emblemático en donde se celebran los triunfos
en el fútbol y se protesta. Al llegar no encontré a mis amigos que venían de la
universidad, Jonathan y Laly una pareja
más joven que yo a quienes aprecio mucho, pues no creo que la diferencia de edad
sea un obstáculo para poder realizar vínculos de amistad profundos, ella decía
que yo era su “mamá” de la universidad y aunque no me creo tan vieja (tengo 30
años), acepté el “título” con cariño.
A las 18:30 Plaza
Italia estaba repleta de gente, no se podía avanzar de un lugar a otro, nunca
vi algo así, era increíble, Chile estaba despertando. Traté de caminar para
juntarme con mis amigos pero era imposible encontrarlos a pesar de que nos
coordinábamos por el celular. Después de un rato la movilización comenzó a
avanzar por la calle más importante del país “la Alameda”, muy lentamente
debido a la aglomeración de gente y a las vallas colocadas por las autoridades
que nos juntaban aun más unos con otros, la idea del gobierno era que avanzáramos
por la vereda norte solamente y que por la sur pasaran los vehículos, pero no
fue posible, pues pacíficamente sacamos las vallas que dividían las dos pistas de
la avenida y pasamos para el otro lado. De repente me encontré con un compañero
de la universidad, la verdad no recordaba su nombre pero era simpático, él
también buscaba a sus amigos, pero no los encontró a todos, sólo a uno. A la
altura del Diego Portales más o menos –importante edificio estatal símbolo de
la dictadura militar de Pinochet- se comunicó conmigo mi amiga, Karina que me
veía desde la vereda de enfrente, pero los carabineros –en adelante “Pacos”- no
la dejaban sumarse a la marcha. Este compañero con quien me encontré que ahora
recuerdo que se llamaba Hans me ayudó a buscarla con su amigo, mientras ella
gritaba a los pacos y yo escuchaba todo por el celular:
-
¡déjeme pasar! –gritaba con una
voz muy chillona y algo histérica- ¡este es mi derecho, no puede impedirme
pasar!!!! – luego le dice a unos fotógrafos de la prensa que estaban parados
ahí - ¿me ayudas a saltar?- ellos la ayudaron a saltar las vallas y corrió a
donde estábamos nosotros.
Nos
dimos un fuerte abrazo, pues aunque no nos conocíamos desde hace mucho nos
hicimos buenas amigas.
-
Qué bueno que te encontré – me
dijo- me costó mucho, hay mucha gente y todo está rodeado de pacos
Eso
último que dijo es lo que yo no había visto, pero no era difícil de imaginar.
Ya
era de noche y todos gritábamos y saltábamos a la vez unas 70 mil personas “el
que no salta es Piñera,…el que no salta es Piñera….”, en otros tiempos se
gritaba “el que no salta es Pinochet…” que evidente no es lo mismo pero sí
parte de su continuidad. Era una catarsis masiva y espontánea después de tantas
décadas de sufrimiento y silencio como sociedad.
-Saquémonos
una foto- le dije a Karina- para la prosperidad, este es un momento histórico.
– y nos sacamos una fotografía con mi celular. También logré filmar unos
segundos efusivos con muy mala resolución. Esto era memorable.
Pero
después de marchar lentamente por la Alameda
durante casi una hora, no pudimos seguir avanzando y nos quedamos
atascados en la Alameda con la calle Portugal. Nos acercamos a ver qué ocurría,
que no era muy difícil de preveer: tres carros lanzaaguas –en adelante
guanacos- dos carros lanzagases –en adelante zorrillos – un enorme piquete de
pacos, y muchos buses policiales (de aquellos que se utilizan para las
detenciones masivas –en adelante micros de pacos- todos verde oscuro, o más
bien dicho verde paco. Nos colocamos al frente de los vehículos policiales
represivos, a unos siete metros de ellos. Nos habían impedido completamente el
paso, nuestra intención era avanzar hasta el Palacio de la Moneda y gritarle a
Sebastián Piñera en su cara sobre nuestra oposición a toda la mierda que desde
hace mucho ocurre en nuestro país, pero era imposible llegar hasta allá.
Poco
a poco el guanaco comenzó a lanzar provocativos y pequeños chorros de agua a la
masa con el fin de asustarnos, siempre hacía lo mismo y la reacción
generalizada era que la gente corría o se empezaba a ir por temor, pero esta
masa humana no tenía miedo, era distinta, más joven y renovada. Nos sentamos en
el suelo y levantamos las manos en signo de paz demostrando estar desarmados, fuimos
setenta mil personas sentadas en la Alameda gritando y cantando “no nos
moverán….somos muchos más”, y finalmente cuando los chorros de agua del guanaco
eran cada vez más mayores “paco maraco, pelea sin guanaco”.
Mi
amiga Karina comenzó a entrar en pánico, estábamos muy cerca del guanaco y yo
quería acercarme cada vez más, pero ella tenía mucho miedo y éste se comenzó a
hacer irresistible para ella. Era peligroso lo que estábamos haciendo y su
madre había enviudado hace poco, tal vés
estaba más sensible o no quería producirle un dolor a su mamá, como sea la
situación le dije que se fuera y que no se preocupara por mí, que yo estaría
bien. Nos dimos un abrazo fuerte y se fue. Es difícil ser valiente y no todos
tienen por qué serlo. Me había quedado sola, Hans también se nos había perdido
y no nos dimos cuenta. La represión comenzaría en cualquier momento porque a
los pacos en cualquier minuto les darían la orden del Ministro del Interior
Rodrigo Hinzpeter de reprimirnos con todas sus fuerzas. Debo reconocer que
también tuve miedo, sobre todo porque estaba sola. Me paré del suelo y caminé
hacia la izquierda, es decir me acerqué a la estación del Metro de la
Universidad Católica, pensando que ese sería el único lugar por donde podría
arrancar hacia alguna calle, pero aún así estaba a menos de diez metros de los
pacos. Miré a mi alrededor y lo único que veía era mucha gente y pacos,
estratégicamente no habría por donde salir cuando comenzara la represión
policial, no un lugar expedito al menos. Estaba en eso cuando, me encuentro con
mis compañeros Jonathan y Laly, los abrasé y me dio demasiada felicidad verlos.
-
¿cómo me encontraron? –les
pregunté
-
Cuando pasábamos para acá nos
cruzamos con la Karina que se iba a su casa y nos dijo que estabas aquí.
En
ese instante el guanaco comenzó a mojar sin piedad a muchas de las personas que
estaban sentadas en el suelo, el problema que tiene el agua de ese vehículo es
que le echan un producto químico lacrimógeno que además de producir una fuerte
congestión nasal y bronquial, también te impide ver por un rato si te llega en
la cara o cerca de ella. Por eso nosotros nos pusimos de espalda para que no
nos llegara agua en el rostro. Increíblemente, a pesar de eso las personas no
se movían y seguían cantando los mismos gritos cuando lo usual es que ellas
corran a toda velocidad cuando moja el guanaco. Entonces, los pacos desesperados
sin saber cómo disuadir esta manifestación pacífica, comenzaron a lanzar bombas
lacrimógenas entre la aglomerada multitud que aun seguía sentada en el suelo
con las manos en alto.
-
¡No se muevan! - gritábamos todos
para que las personas no arrancaran, ya que muchos comenzaron a pararse y a
tratar de salir.
Pero,
fueron tantas las bombas lacrimógenas que lanzaron entre la multitud, que el aire se hizo
asfixiante y nosotros también tuvimos que avanzar junto con la masa que estaba
aterrada por no poder respirar, ver ni huir. No podíamos caminar, lo más
cercano era la estación del metro que estaba cerrada con una enorme reja que la
hacía parecer una fortaleza, la única opción era subir una escalera que no
sabíamos a donde nos llevaba. En un momento miré hacia atrás y vi a mis amigos
por última vez, me aferré a un limón que andaba trayendo que un mínimo e
insignificante alivio me producía y con mi otra mano intentaba afirmar mi
cartera. Mi sistema respiratorio estaba completamente colapsado, mi corazón
palpitaba fuertemente, miré hacia atrás y mis amigos ya no estaban. Traté de
seguir caminando, pero pisaba otros pies de gente que se encontraba tanto o más
asfixiada que yo, me tuve que afirmar de una persona que no conocía para no
desvanecerme en el suelo. Sólo escuchaba mi corazón palpitar fuertemente, pensé
en mis hijas me necesitan viva para que juntas después lucháramos por una
sociedad mejor, sabía que si me desmayaba o si me daba un paro cardio respiratorio
en ese momento nadie me ayudaría, no porque no quisieran, sino porque no tenían
los medios para hacerlo entre tanto gas, probablemente moriría aplastada. ¡Ayúdame,
ayúdame! Le dije a un joven que estaba a mi lado tomándolo del brazo, él me
agarro fuerte del hombro, de repente pude abrir los ojos y me percaté de que él
también lloraba de terror. Subimos unos diez peldaños de la desconocida
escalera, lo que nos trajo algo de aire fresco, todos respiramos profundamente
a la vez y eso nos dio fuerza para seguir, pero aun estábamos desesperados por
la falta de oxígeno. Muchas personas se comenzaron a lanzar escalera abajo,
eran unos tres metros, yo recordé la esguince crónica que padezco en mi pie
derecho, lo que me impediría seguir arrancando. Observé el final de la escalera
y vi una gruesa reja negra con púas que muchos saltaban, ellos eran más jóvenes
que yo y no me creí capaz de hacerlo. Entonces junto con unas diez personas,
hice algo que jamás imaginaría, que según yo hacían los delincuentes y no los
estudiantes como yo: pateamos la reja hasta romperla y abrirla para poder
arrancar.
Muchas
personas corrimos por una desconocida azotea de un edificio, los pacos al ver
que huíamos nos tiraron bombas hacia la azotea con sus bazucas especiales para
lacrimógenas. Yo que apenas respiraba solo corrí, hasta encontrar la salida que
tenía otra reja, pero un grandulón se encargó de romperla. Llegué a una plaza
en medio de un condominio sin poder seguir corriendo, el cansancio me había
abatido, no podía moverme. Me apoyé en la muralla de un edificio mientras las
personas corrían arrancando del piquete, del guanaco, el zorrillo y sobre todo
las lacrimógenas que caían desde gran altura en forma sorpresiva. En eso me
dieron muchas ganas de hacer pipi, una chica se acercó y me comentó que ella
podía taparme con su abrigo, a mi me dio mucha vergüenza, pero efectivamente no
tenía más alternativa. En ese momento apareció el piquete y la niña del abrigo
arrancó, yo me aferré a la muralla y no me vieron, o tal vez me ignoraron.
Al
rato me llamaron mis compañeros Jonathan y Laly, estaban escondidos en un
departamento en el mismo condominio, así que ahí pude hacer pipí y tomar algo
de agua.
Cuando
subíamos por la escalera ellos se lanzaron para abajo y ayudaron a un niño de
cinco años a escapar con sus padres, por eso les abrieron la puerta en ese
departamento. Laly al tirarse escalera abajo se fracturó el pie y cojeaba. Aun
así caminamos por las calles laterales que estaban repletas de barricadas, pero
cuando creíamos que todo se había terminado nos dimos cuenta de que la mayoría
de los manifestantes estábamos en el frontis de la Moneda emplazando a Piñera. Al rato nos reprimieron
con el zorrillo y nos escondimos en una pizzería, ya que Laly no podía correr y
no era justo abandonarla al medio de la adversidad.